Las adivinanzas del lobo

El lobo mira tiernamente: ha visto de nuevo a la niña de alma humilde, y se ha complacido en el cuadro.

El lobo de mirada azul suaviza la voz, trata de animar. Su interior es lo desconocido, y la harapienta se asoma, indecisa.

Leyendo a Zaratustra, Rebeca quedaba prendada del lobo.

El riachuelo de plata corre entre las montañas de carbón. Hace frío, y la niña de cabellos níveos vaga por los valles, tiritando, sola.

Las imágenes se quimerizan en su cabeza, chispeantes, doradas, acompañadas de las sensaciones, preservadas en el recuerdo.

Quisiera arrecerarse contra el pecho duro del lobo, pero él no está. ¿Adónde? No recuerda.

En su lugar, se le aparece a la vagabunda una sombra, pero perfilada, rasgos de espejismo en superficie de agua ondeante: grandes ojos azules, y semblante acorazonado.

La sombra extiende los brazos marmóreos, y murmura. Su murmurar es como agua, y dice algo así:

La huérfana miró a los ojos del gran lobo, y quedó ciega. Ahora tantea, titubea, pues no ve por dónde camina y nada tiene por seguro en el mundo antaño áureo de los valores.

La sirenita ansiaba el sol, y subió a la superficie, y en los palacios a la vera del océano se encandiló del príncipe, de alma solar.


Los ojos azules de la sirena, tranquilos como el agua, se tornaron zafiros, a ratos ardientes, a ratos fríos. Engulló, en aquellos primeros meses, toda la luz del amor del príncipe, y lo almacenó cual tesoro en el pecho.

Dicen que los ojos son ventanas para el corazón. Zafiros se tornaron sus ojos, de tanta luz.

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