Colibríes

Rebeca retozaba en sueños.

Escúchame.

Una muchacha con corazón de colibrí paseaba por una orilla cuando vio a un niño sentado ante el mar, llorando. Sus hipidos se perdían entre las olas, donde las ondinas los devoraban, muertas de hambre.

Rebeca cambia de cuerpo y aparenta una niña, de ojos grandes, azules como el cielo despejado. La niña se acerca al llorón.

Eh.

El niño alza la cabeza y se frota los ojos enrojecidos. ¿Tú quién eres?

Me llamo Rebeca. Y tú, ¿cómo te llamas? ¿Y por qué lloras?

Se sorbe la nariz. Me llamo Kai, y lloro porque estoy solo.

Ya no.

La niña se ha sentado junto a Kai y sonríe. Kai se fija en los hoyuelos que le salen en las mejillas, en el rostro en forma de corazón, en los párpados arrugados, achinados, en las pestañas grises, cejas grises, mechones de plata.

Te pareces…

Me parezco, ¿a quién?

A ella.

¿Ella?

La, la Bruja.

Los ojos azules se ensanchan, sorprendidos. Rebeca quería resultar apetecible, no conjurar una pesadilla.

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