La hoja

Papá me tomó bajo el ala y me llevó a la región montañosa de la Penumbra. Allá entre los gigantes del ónice, de cimas tiznadas, nos adentramos en valles de impenetrable negrura.

Aquí estaremos seguros, Elaine.

Me enseñó todo sobre los Mil Mundos, para prevenirme contra el desastre. Decía que el Espíritu Helado me buscaba, para hacerme enteramente suyo, en el averno de un paisaje glacial. Eres toda corazón, Rebeca-Elaine, me decía, la mirada tierna. La psique de este mundo. Ella lo daría todo por ti.

¿Ella? ¿Quién?

Una mueca torció el rostro pálido y perfecto. Tu madre, respondió en tono quedo.


Los años transcurrieron como días de diciembre en un cementerio: cortos, fríos, solitarios. El granito helado de nuestra morada, de la misma temperatura que mi piel, siempre bajo mis manos, omóplatos, pies descalzos. Largos paseos tras el balaustrado, por el atrio, yo sedienta de luz. También en el pensamiento deambulaba, y tenía sed.

Una hoja marchita, de calidez inusitada en la sombra incolora del valle, se ha colado en este claustro entre montañas. El viento murmurante la hace descender en gráciles piruetas desde el cuadrado de cielo encapotado; la arrastra desde el atrio.

Me inclino y la tomo entre mis manos blancas, todo un contraste con el marrón otoñal. Me aprendo de memoria este cuerpo frágil, rígido, que envejece hacia su ocaso. Como la hoja, desearía mi ocaso. Como Perséfone, morí antes de probar la vida.

Como Perséfone, echo de menos a la madre que no recuerdo.

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